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Aprendemos juntos

Sugata Mitra, Científico y Profesor de tecnología

Empecé trabajando en Nueva Delhi, en una oficina muy grande y bonita, enseñando a la gente a programar. Justo delante de mi oficina había un suburbio enorme con cientos de niños que no hacían nada. Se dedicaban a jugar al fútbol y cosas por el estilo, pero no hacían nada. Así que pensé: “Qué raro. Tal vez algunos de esos niños podrían llegar a ser unos programadores estupendos. Así que, ¿por qué no les enseñamos?”. Y la respuesta era muy sencilla: “¿Cómo vas a poner una escuela en el suburbio? No hay sitio. Está muy sucio. Los buenos profesores no quieren ir allí”. Pero ¿qué pasaría si cogiera un ordenador y se lo diera a los niños? Y la gente me decía: “Es una idea estúpida porque nunca antes han visto un ordenador”. Así que hice el experimento. El primer problema era: si quieres poner un ordenador en el suburbio, ¿dónde lo pones? Mi oficina tenía una pared en el perímetro y el suburbio estaba al otro lado. Así que hice un agujero. Cogí el monitor del ordenador y lo puse contra el cristal. De manera que apuntaba hacia el suburbio. Y entonces cogí un panel táctil y lo metí también atravesando el muro. Tenía instalado el Windows y una conexión a Internet. Nada más. No tenía aplicaciones. Nada. Ellos lo miraban y no pasaba nada. Después de seis o siete horas, un amigo mío vino y me dijo: “¿Cómo les has enseñado a usar el ordenador?”. Y le dije: “Yo no les he enseñado nada. ¿Por qué? ¿Qué están haciendo?”. Y me dijo: “Pues están navegando. Y se están enseñando mutuamente a navegar”. Pero ¿cómo habían conseguido estos niños hacer todo eso? Así que monté veintidós terminales por toda la India: en desiertos, en aldeas, cerca del mar, cerca de ríos, en lo alto de las montañas, en el Himalaya, por todas partes. Y en todas partes ocurría lo mismo. Grupos de niños venían y en menos de uno o dos días habían empezado a bajarse juegos y a jugar a todo tipo de cosas. Y todo el mundo me preguntaba: “¿Quién les enseña?”. Yo sigo sin tener una respuesta, pero creo tener una idea aproximada de cuál puede ser. Lo llamé “aprendizaje autoorganizado”, porque no hay profesor.

A los profesores les digo: “¿Qué se puede hacer en esta situación, en la que puede haber preguntas para las que no tienes una respuesta, en la que puede haber preguntas que ni se te han ocurrido? Lo único que puedes decir a los niños es: ‘Averiguadlo vosotros'”. ¿Verdad? ¿Qué más podemos hacer? Es como si hubiera un grupo de niños y hubiera un bosque, un bosque desconocido, del que no sabes nada. Y los niños quieren ir allí. ¿Qué les dices? Yo aconsejaría a los profesores que les dijeran: “Vosotros id, que yo os acompaño”. Eso es muy importante. No les vais a decir: “Vosotros id, que yo voy a quedarme aquí con mi cafecito”. Así es como yo lidiaría con las cuestiones referentes a lo desconocido.

Otra pregunta importante en educación es: ¿Cuánto hace falta saber? Supongo que muchos han aprendido a resolver una ecuación. Una ecuación de segundo grado. ¿Alguna vez habéis hecho una ecuación de segundo grado después de clase? Seguro que no habéis hecho ni una. ¿Por qué enseñábamos trigonometría? Porque podías estar en un barco, perdido. Y con una brújula, mirando a las estrellas y con unos cálculos trigonométricos puedes averiguar tu posición. ¿Eso hace falta hoy en día? Tenemos un móvil al que le puedes decir: “¿Dónde estoy?”. Así que, ¿hace falta saber trigonometría? Tenemos que repasar a fondo la lista de cosas que creemos que hay que saber. Estoy seguro de que casi todo el mundo aquí usa WhatsApp, o algo parecido. ¿Alguien sabe cómo funciona? ¿Qué pasa cuando escribes, adónde va? ¿Cómo se desplaza? ¿A qué velocidad va? ¿Cómo llega al otro móvil? No lo sabemos. Pero casi todos los que estamos aquí sabemos cómo funciona un motor a vapor. ¿Y qué sentido tiene? ¿Os vais a encontrar alguna vez un motor a vapor? Pues estáis mirando el WhatsApp a cada momento y no sabéis cómo funciona. ¿Por qué no incluir el WhatsApp en el plan de estudios? ¿La respuesta? Porque no hay ningún profesor que pueda enseñarlo. Para cuando haya un profesor cualificado para enseñarlo, WhatsApp habrá desaparecido y habrá aparecido otra cosa. No puede enseñarse. Pero puede aprenderse. ¿Qué se puede hacer? “Vosotros id, que yo os acompaño”.

Debería permitirse usar Internet en los exámenes. La gente cree que si te dejan Internet en un examen, entonces serás capaz de responderlo todo. Pero ¿qué sentido tiene hacerte preguntas que podrías responder si tuvieras Internet, luego quitarte Internet y decirte: “Dime la respuesta”? ¿Tiene algún sentido? Es como pedirle a alguien que me dé la hora sin mirar el reloj. ¿Qué sentido tiene? Si se permitiera tener Internet, las preguntas que se planteen en el examen tendrían que cambiar por completo. Tendría que haber preguntas para las que no hay una sola respuesta. En las que tuvieras que pensar. En las que tuvieras que escribir lo que piensas, en vez de la respuesta. El problema es cómo evaluar una respuesta como esa. Aún no lo sabemos.

Yo no diría que los profesores no son necesarios. Los profesores hacen mucha falta, pero su propósito está cambiando. El propósito que solían tener antes era el de saber cosas, contarte estas cosas que saben para que, entonces, tú también las sepas. Ese propósito ya no es válido. Y quizás ya no sea siquiera posible porque hay situaciones en las que los profesores no saben ni pueden saber. Los profesores pueden ayudarte a llegar ahí. El profesor te da la posibilidad. Abre la puerta. Te muestra dónde está el bosque. Te dice dónde están las mayores incógnitas, pero no tiene las respuestas.

Aprendemos juntos

Un proyecto de educación para una vida mejor.

Biografía

Doctor en física y profesor de tecnología educativa de la Universidad de Newcastle (Reino Unido). Sugata Mitra investiga aquello que denominó como educación mínimamente invasiva, la capacidad de autoaprendizaje de los niños con el uso de Internet y las nuevas tecnologías. Su priyecto se ha implantado en colegios de más de 50 países.


Faqs

¿Cuánto tiempo diario debería pasar un niño en Internet?

No creo que se pueda medir en horas, es como preguntar cuánto tiempo debería leer un libro. Pues lo leerás mientras te parezca interesante. Pero claro, como pasa con los libros, si lees diez o doce horas, al final te quitarás las gafas de vez en cuando, te frotarás los ojos y… Eso quiere decir que tu cuerpo ha dicho: “Basta. Ya está bien”. Puedes hacer lo que quieras todo el tiempo que quieras, pero cuando ese rinconcito de tu mente te dice que ya está bien, hay que hacerle caso. Que no sea porque tu madre te diga esto y tu padre te diga lo otro. Tienes que desarrollar tu propio control interno. Las escuelas deberán integrar en su plan de estudios las habilidades de búsqueda en Internet, la comprensión lectora en idiomas y averiguar cosas por sí mismos.


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